Pina Bausch / Bailar o morir

Pina Bausch / Bailar o morir

T/ Cecilia Navesnik I/ Patricia Di Paola

Bailarina y coreógrafa alemana, Pina Bausch es reconocida mundialmente por haber sentado las bases de la danza-teatro. Se consagró como directora de su propia compañía, construyendo un particular método de trabajo y creando un lenguaje totalmente original. Todo lo que quiso, siempre, fue dilucidar qué mueve a las personas. Treinta y cinco años de indagaciones dejaron un enorme legado de obras de tono surrealista y alto impacto emotivo.  
 “Dance, dance, otherwise we are lost”
Pina Bausch

Un comentario en veinte años. Compartían horas de ensayo, experimentación, creatividad, hallazgos y frustraciones, pero eso era todo lo que podía llegar a decirle a un bailarín en relación a su desempeño. Pina caló hondo en quienes la conocieron y esas pocas frases, aunque esporádicas y breves, contenían siempre lo fundamental.
Todos hablan de su enorme capacidad de observación, dicen que se sentían transparentes frente a ella. Los relatos la describen como alguien severo, incansable y minucioso, pero a la vez cálido, lleno de humor y ternura. Un combo tan explosivo como irresistible, que no pudo menos que despertar amores y odios.
Philippina Bausch nació en Solingen, Alemania, en 1940. Plena Segunda Guerra Mundial. Fue la tercera hija de August y Anita Bausch. Creció en el restaurante que su familia tenía junto a un hotel, y en el que ella ayudaba de chica. Desde temprano se hizo evidente su predilección por el movimiento antes que por las palabras, y hasta participó en el Ballet Infantil de Solingen. Sorprendidos por sus condiciones, sus padres la alentaron para que fuera a estudiar con el coreógrafo Kurt Jooss en la Folkwang School de Essen. Pina tenía entonces quince años.

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 Hija de padre alemán y madre italiana, vivió su infancia en el campo. Es la hermana menor de una actriz. De pasado y presente documentalista, Alice Rohrwacher se consagró en el Festival de Cannes 2014 cuando su segunda película de ficción ganó el Gran Premio del Jurado. Con realismo cálido y tono contemplativo, sus films hablan de las tradiciones, el mundo contemporáneo y la magia de la vida cotidiana.Seguir leyendo
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 “Cuando éramos chiquitas hacía nuestros vestidos y se cosía incluso los suyos. Siempre supe que quería ser diseñadora y creo que mucho tiene que ver con la admiración que tengo por ella”, dice Belén Pérez Tucci. Y cuando dice “ella” se refiere a su madre, Mariana, con quien creó su marca NEGRA en 2011. “Somos madre, hija & hermana. Mamá hace el trabajo más dulce y profundo, se encarga de las molderías y el corte de las telas, prenda por prenda (como en los bellos viejos tiempos). La paciencia y el amor por lo que hace se impregna en cada pieza que hacemos y en el aire de nuestro estudio, haciendo que todo sea más suave. Tiene un don que adoro. Amo el ruido de las tijeras cortando sobre la mesa todos los días, se hizo música”.

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 Ella es “la” escritora belga por excelencia, basta con googlear la cantidad de libros que publicó en francés (su lengua) y sus traducciones a más de cuarenta idiomas. Amélie Nothomb es considerada una de la escritoras francesas más populares y con más proyección internacional. Autora de 24 novelas publicadas –en septiembre se cumplieron 25 años de su debut–, una obra de teatro y de otros tantos cuentos, guiones, relatos cortos y obras inéditas que tiene guardadas. Asegura que escribe 4 al año, de las que publica sólo una. Su producción literaria es frenética, desbordante como su vocabulario y su talento, pero lo maravilloso del caso Nothomb, quien fue elegida miembro de la Real Academia de la lengua y de la literatura francesas de Bélgica, es que no por mucho ha pecado de malo. Al contrario, con cada novedad se las ingenia para volver a sorprender a sus lectores (una horda de fans que hizo de su literatura, su alimento), sin otra fórmula que lo natural –y fascinante– de su estilo: excéntrico, autobiográfico, inquietante, conmovedor, desfachatado, intelectual, ácido, absurdo, satírico, loco, brillante y verborrágico.
Se levanta todas las mañana a las 4 am y escribe a mano durante cuatro horas. Luego vive para contarlo, y así nos va entregando de a una las piezas de un rompecabezas que es su vida. A veces se abstiene de la autobiografía, aunque sus lectores solemos encontrarla en esos guiños que nos regala a través de referencias literarias, musicales, en esos personajes que la acompañan siempre, como Nishio-san, Juliette o Rinri; o en aquellos temas que la obsesionan, como Dios, el agua, el champagne, la comida, Japón.
En Gata Flora adoramos a Amélie Nothomb, no sólo por su obra, que invita a la reflexión sobre los temas más diversos sin prejuicios ni clichés, sino también porque nos divierte el personaje que ha construido de sí misma. Ella es tan Gata Flora… Sobre su vida y obra, aquí sigue un intento de aproximación a la vida y obra de un personaje bastante inabarcable.
Nothombianas: ustedes ya saben de qué va, ojalá sumen algo. Para las que aún no la conocen: bienvenidas, llegó la hora de hacer uno de esos descubrimiento tan anhelados.

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 Llegué temprano, demasiado incluso. No había nadie más que la dueña de casa, enseguida le elogié el departamento y le pedí que me mostrara dónde estaba la parrilla. Nunca había hecho un asado pero esa vez, en la larguísima cadena de mails entre colegas mujeres que desembocó en una reunión de fin de año, me ofrecí para prender el fuego.
Más que ofrecerme, las engañé diciendo que yo sabía para que nadie se bajara del plan, tentadas a pedir delivery ante la ausencia de asadoras que nos convertía en un montón de inválidas: inaceptable. Así que di mi palabra, con la vaga esperanza de que algún video de YouTube me enseñara eso que parece un arte tan difícil: poner carbón, palitos, papeles de diario, darle mecha y esperar.
El monoambiente con un fondo enorme, mitad patio con macetas y mitad jardín con pasto, era lujoso para San Cristóbal. En una parte del patio tenía un espacio para hacer el asado bajo una enredadera, una mesada revestida en ladrillos refractarios sobre la que se ponían dos ladrillos sapo y una especie de enrejado de hierro.
Había dos bolsas de carbón, más que suficiente. Yo tenía puesta una blusa color crema espantosa que me compré porque en el probador me pareció que me quedaba bien, una cosa con volados. No me importaba manchármela y hasta esperaba ensuciarme para que me quedara marcado en la cara y en las manos, con trazos de carbón, el trajín y el sacrificio de pasar la noche junto al fuego, manipulando pinzas y brasas amenazadoras.
Otra persona más se había ofrecido en los mails para ayudar con el asado, un tal José. No sabía quién era, quizás el novio de alguna colega, pero esperaba tener todo listo antes de que llegara. Primero, porque no me gusta demasiado compartir el trabajo. Segundo, porque en algún resquicio al fondo de la mente me daba vergüenza la posibilidad de que mi instructivo de internet no sirviera para nada y el fuego fracasara enseguida.
En el video que había elegido, un tipo al que no se le veía la cabeza enrollaba unas hojas de diario, hacía conos que después convertía en especies de coronas y las acomodaba una encima de la otra. Después iba apilando pedazos de carbón alrededor, prolijamente hasta llegar a la cima, y metía un fósforo encendido por algún huequito en el costado de esa montaña. Corte. Treinta minutos después, todo era brasa grisácea que se deshacía sobre sí misma. Sólo hacía falta desparramarla un poco y ponerle la parrilla encima.

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