Espíritu

Un dicho popular argentino hace referencia a una tal Gata Flora. Sobre ella, dice que “si se la ponen grita y si se la sacan llora”. Sin ahondar en qué es aquello que acciona tan fatalmente los sentimientos de la sufriente Gata Flora, sino más bien ampliando el significado y aplicándolo a situaciones muy diversas, lo cierto es que la acepción se ha popularizado tanto entre las mujeres argentinas que ya es casi un adjetivo.
Ocurre que el gataflorismo tiene una connotación negativa, similar a la de la histeria o la inconformidad permanente. Pero hemos descubierto que también suele ser un estado autodiagnosticado -quien lo sufre tiene conciencia de lo que le ocurre- y un motivo de hermandad entre pares; porque saben qué se siente y que, lejos de ser un mal sólo femenino, hasta resulta útil para describir algunas personalidades de ambos géneros, cuyo inconformismo responde a la tendencia creativa de ir más allá de lo dado mediante la exploración constante de lo nuevo.
Gata Flora es un lugar, un refugio donde encontrarse con una misma, o con el mundo en el que quisiéramos vivir, donde lo bello, lo femenino, lo importante o lo atractivo, adquieren múltiples y nuevas formas y significados. En las páginas de esta revista hay arte, música, cine, fotografía, teatro, literatura, diseño, entrevistas a gente que tiene algo interesante para decir, viajes y artículos periodísticos. Pero, en cualquiera de estas categorías, lo que abundan son las mujeres inspiradoras, aquellas cuyas historias nos alimentan y nos fortalecen.
Virginia Woolf (1882-1941), la escritora, la feminista, la brillante, nos dejó un mensaje a todas las mujeres justo en el final de una sus grandes obras, Un cuarto propio: “(…) mi credo es que si perduramos un siglo o dos –hablo de la vida común que es la verdadera y no de las pequeñas vidas aisladas que vivimos como individuos– y tenemos quinientas libras al año y un cuarto propio; si nos adiestramos en la libertad y en el coraje de escribir exactamente lo que pensamos; si nos escapamos un poco de la sala común y vemos a los seres humanos no ya en su relación recíproca, sino en su relación a la realidad; si miramos los árboles y el cielo tales como son; si miramos más allá del cuco de Milton, porque no hay ser humano que deba taparnos la vista; si encaramos el hecho (porque es un hecho) de que no hay brazo en que apoyarnos y de que andamos solas y de que estamos en el mundo de la realidad y no sólo en el mundo de los hombres y las mujeres, entonces la oportunidad surgirá (…)”.
Nos gusta pensar que Gata Flora es aquel cuarto propio que Woolf creía que todas necesitábamos, del resto tendrá que encargarse cada una.